La Iglesia y la Obra del Espíritu Santo: Notas de predicación
domingo, 25 de octubre de 2026
Introducción: ¿Estamos dejando obrar al Espíritu Santo?
La vida cristiana está llena de responsabilidades. Nos congregamos, escuchamos la Palabra de Dios, aprendemos de las Escrituras y procuramos compartir nuestra fe. Sin embargo, no siempre nos detenemos a pensar si estamos haciendo todo esto bajo la dirección del Espíritu Santo o si simplemente hemos aprendido a realizar actividades religiosas.
Jesús vino a este mundo, y aunque el mundo fue hecho por medio de Él, no le conoció (Juan 1:10). De manera semejante, podemos hablar del Espíritu Santo, reunirnos como iglesia y conocer sus enseñanzas, pero ¿realmente le permitimos dirigir nuestra vida y nuestro servicio? ¿Será insensibilidad, falta de interés o quizá tener otras prioridades?
Hoy estaremos meditando sobre la relación entre el Espíritu Santo y la iglesia, la unidad entre los creyentes y la importancia de no sustituir la obra de Dios por nuestras propias estrategias. Exploremos entonces qué hizo el Espíritu Santo en la iglesia primitiva y qué podemos aprender de ello.
Primera Parte: El Poder para Ser Testigos
En Hechos 1:8, Jesús prometió a sus discípulos que recibirían poder cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo, y que serían sus testigos. Esto no significaba únicamente hablar de religión, sino anunciar quién es Jesús y dar testimonio de su muerte y resurrección. Pero ¿qué debemos comunicar acerca de Él? ¿Basta con conocer las Escrituras o también debemos vivir de acuerdo con lo que anunciamos?
Antes de ascender, los discípulos preguntaron si Jesús restauraría el reino a Israel en aquel tiempo (Hechos 1:6). Él les respondió que no les correspondía conocer los tiempos establecidos por el Padre y los dirigió hacia la misión que debían cumplir (Hechos 1:7-8).
- De igual manera, podemos ocuparnos en preguntas que no podemos resolver mientras descuidamos aquello que sí nos corresponde hacer: anunciar el evangelio y hacer discípulos, conforme al mandato de Mateo 28:19-20.
Hubo un tiempo para esperar la promesa del Espíritu Santo, pero también llegó el momento de actuar. Saber esperar es importante, aunque también lo es reconocer cuándo debemos dejar de postergar nuestra responsabilidad. No se trata de que podamos hacer la obra de Dios dependiendo únicamente de nuestras capacidades, sino de servir confiando en el poder que Él concede.
Los primeros discípulos tampoco eran hombres perfectos. Tenían debilidades, dudas y temores; sin embargo, Dios los capacitó para dar testimonio de Cristo. Hoy también podemos aprender, prepararnos y conocer las Escrituras, pero nuestro llamamiento no consiste solamente en transmitir información: debemos anunciar a Cristo con fidelidad y vivir de manera coherente con el mensaje que predicamos.
Segunda Parte: La Unidad y las Responsabilidades de la Iglesia
El Espíritu Santo no solamente capacita a los creyentes para dar testimonio, sino que también nos llama a vivir como un cuerpo unido. Hechos 4:32 describe a la multitud de los creyentes como de un corazón y un alma. No significa que todos pensaran exactamente igual, sino que compartían una misma fe y un propósito común.
Jesús enseñó que estaría en medio de quienes se reunieran en su nombre (Mateo 18:20). Sin embargo, estar congregados no significa que nunca surgirán problemas.
- Pedro negó a Jesús (Lucas 22:54-62).
- Tomás expresó sus dudas acerca de la resurrección (Juan 20:24-29).
- Los discípulos huyeron cuando Jesús fue arrestado (Mateo 26:56).
Aun entre quienes caminaron con el Señor hubo debilidades. ¿Por qué habríamos de pensar que nuestras congregaciones estarán libres de ellas?
Después de la resurrección, los discípulos volvieron a reunirse, y la iglesia primitiva mostró una disposición notable para compartir y atender las necesidades de sus hermanos (Hechos 4:32-35).
- La importancia no estaba en acumular posesiones, sino en que nadie fuera abandonado mientras otros tenían recursos para ayudarlo.
Esto no significa que la iglesia deba carecer de bienes, sino que estos no deben convertirse en motivo de egoísmo o división.
Ahora bien, unidad no significa ausencia de responsabilidades. Pablo escribió: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10, RVR1960). Este principio no condena a quien no puede trabajar ni justifica abandonar al necesitado; confronta a quien se niega a cumplir su deber. Una iglesia unida no es aquella donde unos pocos hacen todo mientras los demás permanecen indiferentes, sino aquella donde cada creyente procura servir responsablemente.
Incluso la iglesia de Corinto, que recibió enseñanza acerca de los dones espirituales, enfrentó divisiones (1 Corintios 1:10-13; 3:1-4). Por eso, no basta con hablar del Espíritu Santo:
- Necesitamos permitir que su obra se refleje en nuestra manera de tratar a los demás, resolver conflictos, compartir lo que tenemos y asumir nuestras responsabilidades.
Tercera Parte: El Éxito y los Frutos del Espíritu Santo
En la iglesia actual encontramos diferentes estrategias para atraer personas. Algunas congregaciones organizan grandes eventos, mientras otras recurren a espectáculos y campañas que llaman la atención. Sin embargo:
- ¿Debemos medir la obra de Dios únicamente por la cantidad de personas que ocupan un lugar o por las respuestas que escuchamos durante una predicación?
- Una congregación puede estar llena y, aun así, tener pocos creyentes dispuestos a servir y asumir responsabilidades.
También debemos recordar que los recursos económicos de la iglesia requieren honestidad y transparencia. Las ofrendas no deben convertirse en un instrumento para satisfacer ambiciones personales, sino administrarse responsablemente para cumplir los propósitos de la obra de Dios (2 Corintios 8:20-21).
Esto no significa que toda estrategia sea incorrecta ni que una iglesia numerosa carezca de la obra del Espíritu Santo. El problema aparece cuando los métodos, los números o el reconocimiento personal ocupan el lugar que corresponde a Dios. Podemos organizar actividades, preparar predicaciones y reunir personas, pero no debemos confundir el éxito visible con la madurez espiritual.
Pablo nos recuerda cuáles son los frutos del Espíritu: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23, RVR1960). Estos frutos deben manifestarse en nuestra vida cotidiana:
- En la paciencia con nuestros hermanos, la humildad al corregirnos, la honestidad al administrar los recursos y la disposición para servir aun cuando nadie nos reconoce.
El ego estorba cuando buscamos destacar más que servir. Una iglesia puede crecer en número y después disminuir, pero la fidelidad a Cristo no debe depender de la popularidad ni de los resultados inmediatos. La verdadera pregunta es si estamos permitiendo que Dios transforme nuestro carácter y nos enseñe a servir con humildad.
Conclusión: ¿Le Permitiremos Obrar?
El Espíritu Santo capacitó a los primeros creyentes para anunciar la Palabra de Dios con valor (Hechos 4:31). Hoy también debemos preguntarnos si estamos dispuestos a obedecer, servir y vivir en unidad, o si nuestras propias ideas se han convertido en un obstáculo.
¿Necesitamos más estrategias o una mayor disposición para obedecer? ¿Queremos que Dios bendiga nuestros planes sin preguntarnos si son correctos? Podemos organizar actividades y reunir multitudes, pero no debemos sustituir la dirección de Dios por nuestros propios intereses.
La cuestión no es si podemos hacer muchas cosas, sino si estamos dispuestos a hacer lo que Dios nos ha encomendado, con humildad, fidelidad y dependencia del Espíritu Santo.
1 Corintios 3:7 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
7 Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.
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