Crecer es Evidencia de Vida: Predicación
domingo, 12 de julio de 2026
Introducción: El nuevo nacimiento es solo el comienzo
La Biblia nos enseña que nadie puede acercarse a Dios por sus propios méritos. Nuestra naturaleza pecaminosa nos separa de Él y hace imposible que alcancemos la salvación por nuestros propios esfuerzos. Por esa razón, Jesucristo habló de una necesidad que va más allá de cambiar algunos hábitos o intentar ser mejores personas: la necesidad de nacer de nuevo.
Juan 3:3-6 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.
El nuevo nacimiento marca el inicio de una nueva vida, pero no representa la meta final. Del mismo modo que un bebé necesita tiempo para crecer, alimentarse y desarrollarse, el creyente también está llamado a crecer espiritualmente. La conversión no es el final del camino; es apenas el principio de una vida que debe avanzar hacia la madurez.
Dios mismo estableció procesos dentro de toda su creación. Todo aquello que tiene vida pasa por etapas. Primero nace, después crece, más adelante madura y finalmente llega a producir fruto. Vemos este principio en la naturaleza, en la familia y en la sociedad.
Pensemos por un momento en un niño. Desde sus primeros años necesita alimentación, cuidados, educación y disciplina. Conforme pasa el tiempo aprende a caminar, hablar, leer, trabajar y asumir responsabilidades. También desarrolla habilidades físicas, intelectuales, emocionales y sociales que le permiten desenvolverse de manera cada vez más independiente. Aunque cada persona crece a un ritmo distinto, todos entendemos que el propósito natural de la infancia es llegar a la madurez.
Incluso nuestro Señor Jesucristo, siendo el Hijo de Dios, experimentó un proceso de crecimiento durante su vida terrenal.
Lucas 2:52 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.
Si Cristo pasó por un proceso de crecimiento, cuánto más nosotros debemos comprender que la vida espiritual también requiere desarrollo constante.
Sin embargo, existe una realidad preocupante. Hay muchas personas que comienzan con entusiasmo su caminar con Dios. Durante los primeros meses o años procuran congregarse, estudian las Escrituras, oran con frecuencia y muestran un verdadero deseo de aprender. Poco a poco adquieren conocimiento bíblico, fortalecen su fe y comienzan a formar un carácter distinto al que tenían antes de conocer a Cristo.
Pero con el paso del tiempo algo cambia.
Las responsabilidades, el trabajo, los estudios, las preocupaciones económicas y, en muchas ocasiones, las distracciones de este mundo comienzan a ocupar el primer lugar. Lo que antes era una prioridad ahora pasa a ser una actividad secundaria. El interés por las cosas materiales crece mientras disminuye el deseo de buscar a Dios.
Jesús advirtió que esto podía suceder.
Mateo 6:33 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
Cuando dejamos que otras prioridades ocupen el lugar que pertenece a Dios, el crecimiento espiritual comienza a detenerse. Tal vez seguimos asistiendo a la congregación, conocemos muchos pasajes de memoria o conservamos ciertas costumbres cristianas. Incluso podemos aparentar una vida espiritual saludable delante de otras personas.
Pero el crecimiento espiritual es mucho más difícil de aparentar que el crecimiento social. Una persona puede mejorar económicamente, obtener un título universitario, alcanzar una posición importante o recibir el reconocimiento de otros, mientras que espiritualmente permanece en el mismo lugar donde estaba hace muchos años.
Ese es precisamente el problema que el apóstol Pablo encontró entre los creyentes de Corinto. Habían recibido el evangelio, poseían dones espirituales y conocían la verdad, pero su manera de actuar demostraba que seguían comportándose como niños espirituales.
1 Corintios 3:1-4 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
1 De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2 Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3 porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4 Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?
A lo largo de esta enseñanza meditaremos en una pregunta muy importante: ¿cómo podemos identificar cuando nuestro crecimiento espiritual se ha detenido?
También veremos cuáles son las características de un creyente que permanece en la inmadurez y, finalmente, descubriremos que la voluntad de Dios nunca ha sido que permanezcamos como niños espirituales, sino que avancemos hasta reflejar cada día más el carácter de Jesucristo.
Primera Parte: ¿Podemos Saber que Hemos Dejado de Crecer?
Cuando una persona deja de crecer físicamente durante la infancia, normalmente existen señales que alertan a sus padres de que algo no anda bien. Un médico puede detectar que hay un problema de alimentación, de salud o de desarrollo. De la misma manera, el crecimiento espiritual también presenta señales. Aunque no siempre son visibles a primera vista, tarde o temprano terminan manifestándose en nuestra forma de pensar, hablar y relacionarnos con los demás.
Una de las primeras evidencias de la inmadurez espiritual es el exceso de preocupación por uno mismo. El egoísmo forma parte del desarrollo natural de un niño pequeño. Durante sus primeros años todo gira alrededor de sus necesidades. Tiene hambre y llora. Tiene sueño y llora. Quiere un juguete y también llora. No actúa así por maldad; simplemente aún no tiene la capacidad de comprender las necesidades de quienes lo rodean.
Conforme ese niño crece, aprende a compartir, a esperar su turno, a obedecer y a pensar también en los demás. Eso es parte del proceso de madurez.
En la vida espiritual ocurre algo parecido.
Cuando una persona recién conoce a Cristo es natural que necesite mucha atención. Requiere enseñanza, consejo, acompañamiento y oración. La iglesia cumple una función semejante a la de una familia que cuida con amor a un recién nacido en la fe.
Pero llega un momento en que ese creyente también debe comenzar a caminar por sí mismo. Debe aprender a estudiar las Escrituras, desarrollar una vida de oración constante y, sobre todo, empezar a servir a otros.
Sin embargo, algunos creyentes pasan los años sin salir de esa etapa.
- Siempre necesitan que alguien ore por ellos, pero pocas veces oran por los demás.
- Siempre esperan que los visiten, pero nunca visitan a quien está enfermo o desanimado.
- Esperan recibir palabras de ánimo, pero difícilmente las ofrecen.
- Quieren que alguien les enseñe la Biblia, pero rara vez la estudian por iniciativa propia.
- Desean ser escuchados, pero casi nunca escuchan las cargas de otros hermanos.
- Esperan que la iglesia los atienda, mientras ellos encuentran toda clase de razones para no involucrarse en la obra del Señor.
No se trata de que esté mal recibir ayuda. Todos la necesitamos en algún momento. El problema aparece cuando, después de muchos años, el creyente continúa dependiendo completamente de que otros hagan por él lo que Dios ya le ha dado la capacidad de comenzar a hacer.
Veamos el siguiente versículo.
Hebreos 5:12-14 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
12 Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. 13 Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; 14 pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.
Observe que el problema no era que fueran creyentes nuevos. El escritor dice: "después de tanto tiempo". Había transcurrido suficiente tiempo como para que ya estuvieran enseñando a otros, pero seguían necesitando que les enseñaran las verdades más básicas de la fe.
- Eso mismo puede suceder con nosotros.
- El paso de los años no garantiza la madurez espiritual.
- Es posible llevar veinte o treinta años congregándose y seguir reaccionando como un creyente inmaduro.
Pensemos en una ilustración.
Si usted es padre, madre, abuelo o tiene un sobrino pequeño, seguramente recordará la enorme cantidad de atención que requiere un niño. Hay que alimentarlo, vestirlo, cuidarlo, enseñarle a caminar y estar pendiente de que no se haga daño. Nadie considera eso una carga injusta porque entendemos que forma parte de su desarrollo.
Pero imagine ahora a un hombre de cuarenta y cinco años que todavía espera que sus padres le paguen la comida, le laven la ropa, cuiden de sus hijos y resuelvan todos sus problemas. No aporta económicamente al hogar, no desea independizarse y siempre encuentra una excusa para evitar cualquier responsabilidad.
¿Conoce algún caso parecido?
Probablemente sí.
Lo que resulta completamente normal en un niño pequeño comienza a ser preocupante cuando aparece en un adulto que nunca quiso crecer.
Espiritualmente puede ocurrir exactamente lo mismo.
Existen creyentes que llevan muchos años en la iglesia, pero continúan esperando que todos los demás giren alrededor de ellos. Han recibido tanta atención durante tanto tiempo que terminaron acostumbrándose a ser siempre quienes reciben, pero nunca quienes sirven.
Jesús enseñó un principio completamente diferente.
Marcos 10:45 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
45 Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.
La verdadera madurez espiritual comienza a manifestarse cuando dejamos de preguntar: "¿Qué puede hacer la iglesia por mí?" y comenzamos a preguntarnos: "¿Cómo puedo servir a mis hermanos y glorificar a Dios?"
El creyente maduro entiende que formar parte del cuerpo de Cristo implica responsabilidades. Ya no busca únicamente recibir alimento espiritual; también desea alimentar a otros. Ya no espera solamente ser consolado; también aprende a consolar. Ya no busca únicamente ser amado; procura amar.
Veamos el siguiente versículo.
Efesios 4:14-15 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
14 para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, 15 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,
El deseo de Dios nunca ha sido que permanezcamos como niños espirituales. Su voluntad es que cada creyente crezca, madure y llegue a parecerse cada día más a Jesucristo.
La pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse es esta:
¿Estoy creciendo para servir mejor al Señor o únicamente sigo esperando que otros continúen sirviéndome a mí?
Segunda Parte: El "Niñote" Espiritual se Reconoce por sus Actitudes
El crecimiento espiritual no se mide únicamente por los años que una persona lleva congregándose ni por la cantidad de versículos que puede citar de memoria. La verdadera madurez se manifiesta en el carácter.
Pablo escribió a la iglesia de Corinto porque observó algo preocupante. Aunque eran creyentes, seguían comportándose como personas dominadas por los deseos de la carne. En lugar de distinguirse por el amor, la unidad y el servicio, eran conocidos por sus pleitos, rivalidades y divisiones.
Veamos nuevamente el pasaje principal.
1 Corintios 3:3-4 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
3 porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4 Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?
Observe que Pablo no los acusa de faltar a las reuniones o de no conocer las Escrituras. El problema era mucho más profundo: su manera de tratarse unos a otros demostraba que todavía eran niños espirituales.
Un creyente inmaduro suele pensar que siempre tiene la razón. Le cuesta reconocer sus errores y, cuando surge un conflicto, generalmente considera que los demás son los responsables. En lugar de buscar la reconciliación, alimenta la discusión. En lugar de construir, divide.
La Biblia describe claramente las obras de la carne.
Gálatas 5:19-21 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
19 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, 20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, 21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
Notemos que, dentro de esa lista, Pablo menciona los pleitos, los celos y las divisiones. Muchas veces pensamos únicamente en los pecados más evidentes, pero olvidamos que una actitud conflictiva también evidencia una vida que necesita ser transformada por Cristo.
Con frecuencia podemos identificar al creyente inmaduro porque vive inconforme.
- Si la reunión comienza unos minutos tarde, se queja.
- Si comienza demasiado temprano, también.
- Si el sermón fue largo, se molesta.
- Si fue corto, piensa que faltó profundidad.
- Si hay cambios en la congregación, los critica.
- Si las cosas permanecen iguales, también encuentra motivos para inconformarse.
- Pareciera que la queja se convierte en un estado permanente del corazón.
- Pero la inmadurez no solamente se refleja en las palabras.
- También aparece cuando llega el momento de servir.
Hay creyentes que desean pertenecer a la congregación mientras todo requiera poco compromiso. Disfrutan asistir cuando otros preparan las actividades, organizan los eventos, limpian el lugar, evangelizan, enseñan o ayudan a los necesitados.
Sin embargo, cuando se les invita a participar, casi siempre encuentran una razón para no hacerlo.
No porque exista un impedimento verdadero.
Simplemente porque servir requiere esfuerzo, tiempo, sacrificio y salir de la comodidad.
Mientras el creyente maduro pregunta: "¿Dónde puedo ayudar?", el inmaduro suele preguntar: "¿Por qué tengo que hacerlo yo?"
Veamos el siguiente pasaje.
Filipenses 2:3-4 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
3 Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4 no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
La madurez espiritual cambia completamente nuestra perspectiva.
- Dejamos de pensar únicamente en nuestras preferencias y comenzamos a preocuparnos por el bienestar del cuerpo de Cristo.
- También aprendemos a controlar nuestras palabras.
Muchas divisiones dentro de las iglesias no comienzan por grandes diferencias doctrinales, sino por comentarios imprudentes, críticas constantes o resentimientos que nunca fueron resueltos.
Por esa razón Pablo escribió:
Colosenses 3:8-13 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
8 Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. 9 No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, 11 donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos. 12 Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 13 soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
El creyente maduro entiende que la iglesia no existe para satisfacer todos sus gustos personales.
Existe para glorificar a Cristo.
Cuando todos buscamos imponer nuestras preferencias, inevitablemente aparecerán conflictos. Pero cuando aprendemos a servir con humildad, el Señor produce unidad entre nosotros.
Por eso Pablo exhortó a la iglesia diciendo:
Filipenses 1:27 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
27 Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio,
- La unidad no surge porque todos pensemos exactamente igual.
- La unidad nace cuando todos decidimos poner a Cristo por encima de nuestro propio orgullo.
Un creyente inmaduro suele convertirse en una fuente constante de conflictos.
Un creyente maduro, por el contrario, se convierte en un instrumento de paz, reconciliación y edificación para toda la congregación.
Tercera Parte: El Creyente Maduro Sigue a Cristo, No a los Hombres
Todo "niñote" llega a esa condición porque, de una u otra manera, siempre encuentra a alguien que resuelva sus problemas. En una familia puede tratarse de un padre o una madre que, con la intención de ayudar, termina fomentando la dependencia. El hijo nunca aprende a asumir responsabilidades porque siempre hay alguien que decide por él, habla por él o resuelve las consecuencias de sus decisiones.
En la vida espiritual también puede suceder algo semejante.
Cuando un creyente no desarrolla una relación personal con Cristo, fácilmente termina dependiendo de personas. Su estabilidad espiritual deja de descansar en el Señor y comienza a depender de quien lo aconseja, del líder que admira o del hermano con quien tiene mayor afinidad.
Eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en la iglesia de Corinto.
Veamos el siguiente versículo.
1 Corintios 3:4-7 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
4 Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? 5 ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. 6 Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. 7 Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.
Los creyentes habían comenzado a formar grupos alrededor de personas. Algunos defendían a Pablo, otros preferían a Apolos y otros más seguían distintas preferencias. Habían olvidado que todos los siervos de Dios tienen una misma misión: conducir a las personas hacia Cristo y no hacia ellos mismos.
Hoy esto también puede suceder.
- Hay creyentes cuya fe depende completamente de quién predique. Si les agrada el expositor, escuchan con atención. Si no es de su preferencia, pierden el interés, aunque el mensaje esté completamente basado en la Palabra de Dios.
- Otros dependen de quién los invitó a la iglesia. Mientras esa persona continúe asistiendo, ellos permanecen. Pero si deja de congregarse, ellos también abandonan el camino.
- Algunos más condicionan su permanencia a que la música sea exactamente la que prefieren, a que las actividades se realicen en el horario que más les acomoda o a que las decisiones de la congregación coincidan con sus expectativas.
Poco a poco dejan de preguntarse si Cristo está siendo glorificado y comienzan a preguntarse únicamente si ellos se sienten cómodos.
El centro de la adoración deja de ser Dios para convertirse, sin darse cuenta, en sus propias preferencias.
Pensemos en una ilustración.
Cuando un niño pequeño acompaña a sus padres al supermercado, muchas veces espera que todo el recorrido gire alrededor de él. Si ve un juguete quiere detenerse. Si encuentra dulces quiere comprarlos. Si se cansa desea regresar inmediatamente. Desde su perspectiva, todo debería adaptarse a sus deseos porque todavía no comprende que existen necesidades más importantes que las suyas.
Ahora imaginemos que ese mismo comportamiento permanece en un adulto.
Sería difícil convivir con una persona que espera que todos cambien sus planes para satisfacer sus caprichos.
De la misma manera, algunos creyentes esperan que la iglesia funcione como un espectáculo diseñado exclusivamente para ellos.
- Quieren programas que se adapten a sus horarios.
- Quieren actividades que coincidan con sus gustos.
- Quieren una predicación que nunca los confronte.
- Quieren música que únicamente refleje sus preferencias.
- Quieren participar solamente cuando la actividad les resulta agradable.
Pero olvidan que la iglesia pertenece a Cristo y no a nosotros. No nos congregamos para ser entretenidos. Nos congregamos para adorar al Señor, crecer juntos y servir como un solo cuerpo.
Veamos el siguiente versículo.
Efesios 4:15-16 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
15 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 16 de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.
Observe que Pablo dice que Cristo es la cabeza.
- No lo es un pastor.
- No lo es un predicador.
- No lo es un ministerio.
- No lo es una tradición.
Todos los creyentes formamos parte del mismo cuerpo y cada uno tiene una función que cumplir para la edificación de los demás. Cuando comprendemos esta verdad dejamos de depender emocionalmente de las personas y comenzamos a depender del Señor.
- Los hombres pueden equivocarse.
- Las circunstancias cambian.
- Los líderes pueden ser trasladados, enfermar o partir con el Señor.
Pero Cristo permanece para siempre.
El creyente maduro agradece a quienes Dios ha usado para enseñarle, aconsejarle y acompañarle en su crecimiento. Sin embargo, entiende que su fe está cimentada en Jesucristo y que solamente Él merece toda la gloria.
Mientras el creyente inmaduro dice: "Yo soy de Pablo", "Yo soy de Apolos", o incluso "Yo solo escucho a cierto predicador", el creyente maduro puede decir con convicción:
"Yo pertenezco a Cristo, y mi deseo es crecer para servirle a Él dondequiera que me coloque."
Conclusión: Dios Espera que Sigamos Creciendo
A lo largo de esta enseñanza hemos utilizado la expresión "niñote" para referirnos a un creyente que verdaderamente ha nacido de nuevo, pero cuyo crecimiento espiritual se ha detenido. No es un incrédulo; es alguien que, por distintas circunstancias, dejó de avanzar en el proceso que Dios había comenzado en su vida.
Tal vez el orgullo ocupó el lugar de la humildad. Quizá la comodidad fue más atractiva que el servicio. En otros casos, las preocupaciones de esta vida fueron desplazando poco a poco el tiempo que antes se dedicaba a buscar al Señor.
También puede ocurrir que algunos hayan depositado su confianza en personas más que en Cristo y, cuando esas personas fallaron o se alejaron, su vida espiritual quedó estancada.
Sea cual sea la causa, Dios nunca diseñó la vida cristiana para permanecer en la inmadurez. El Señor espera que cada uno de nosotros continúe creciendo hasta reflejar el carácter de Jesucristo. Ahora bien, surge una pregunta importante.
¿Cómo podemos ayudar a un creyente que ha dejado de crecer?
La respuesta es sencilla, aunque profundamente importante.
- Nosotros no podemos producir crecimiento espiritual en nadie.
- Podemos enseñar.
- Podemos aconsejar.
- Podemos animar.
- Podemos orar.
- Podemos acompañar a nuestros hermanos en los momentos difíciles.
Pero solamente Dios puede transformar el corazón.
Recordemos nuevamente las palabras del apóstol Pablo.
1 Corintios 3:6-7 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
6 Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. 7 Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.
¡Qué gran alivio representa esta verdad!
El crecimiento espiritual no depende de nuestra capacidad humana, sino de la obra constante del Espíritu Santo en aquellos que permanecen cerca de Cristo.
Sin embargo, también existe una responsabilidad personal.
Así como una planta necesita agua, luz y alimento para desarrollarse, el creyente necesita permanecer en comunión con Dios mediante la oración, el estudio de las Escrituras, la obediencia y la vida en comunidad con la iglesia.
Nadie puede crecer espiritualmente alimentándose únicamente una vez por semana. El crecimiento requiere constancia, requiere disciplina, requiere disposición para ser corregidos y requiere un corazón dispuesto a servir antes que a ser servido.
Veamos el siguiente versículo.
2 Pedro 3:17-18 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
17 Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. 18 Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.
Ese es el llamado para todos nosotros. No importa si llevamos meses o muchos años congregándonos. La pregunta no es cuánto tiempo tenemos en la iglesia. La verdadera pregunta es:
¿Nos parecemos hoy más a Cristo que hace un año?
- Si la respuesta es sí, demos gracias a Dios y continuemos creciendo.
- Si la respuesta es no, hoy es un buen momento para retomar el camino.
Porque el mismo Dios que nos concedió un nuevo nacimiento también desea llevarnos a la madurez.
No nos conformemos con permanecer como niños espirituales.
Permitamos que el Señor continúe formando en nosotros el carácter de Cristo, para que nuestra vida no solo dé testimonio de que hemos nacido de nuevo, sino también de que estamos creciendo hasta llegar a la estatura del varón perfecto, nuestro Señor Jesucristo.
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